El canto medieval de las campanas, tristeza de los tiempos… (Iván Bunin)

La creación de campanarios y campanas en España y, en concreto, en la Comunidad Valenciana, hunde sus raíces en la historia. Está ligada a la reconquista cristiana de estas tierras, a la llegada de una nueva vida, una nueva comprensión del tiempo, una nueva visión y sonoridad del mundo. Se cuenta que el visir que firmó la rendición de Valencia a las huestes del rey aragonés Jaime I, el poeta Ibn al-Abbar, se lamentaba de que a los pocos meses de presencia cristiana la voz del imán que llamaba a la oración había sido sustituida por el tañido de las campanas. Desde entonces comenzó la construcción de iglesias y campanarios cuyas campanas llenaban el espacio con su repique.

Las campanas de un campanario formaban un único instrumento con una sonoridad especial, que se ha conservado y sigue trayendo a nuestros oídos, a través de los siglos, los mismos sonidos que escuchaba la gente hace cientos de años. Por eso los valencianos las restauran hoy con tanto amor, estudiando antes minuciosamente todas las fuentes ligadas a la historia de cada campana — y en Valencia no son pocas. La más antigua de la Comunidad Valenciana es la llamada «Caterina», del campanario de la Catedral de Valencia, fundida en 1305.

Se conservan numerosos documentos que describen las características de cada campana, las distintas técnicas de toque, las reglas de mantenimiento de la sala de campanas para reproducir el sonido correcto — porque cada campana tiene el suyo propio. Se siguen restaurando campanarios antiguos y construyendo nuevos, para los que se encargan campanas nuevas. Ocho talleres en España se dedican a su restauración y fundición, y el 50 por ciento de sus encargos se destina a campanarios valencianos. Eso dice mucho del cariño con que los valencianos conservan sus tradiciones.

Así, la gente oye el tiempo y aprende a entenderlo igual que las generaciones que la precedieron, reconociendo en el toque de campanas la llamada a la oración, la alegría de las fiestas, el aviso del cierre y apertura de las puertas de la ciudad (que en Valencia se practica hasta hoy), el anuncio de una muerte, de un incendio o de una tormenta que se acerca. Todo ello enriquece la cultura actual con tradiciones tejidas durante siglos y establece un vínculo entre los tiempos.

Hubo también una época de olvido, cuando las campanas se mecanizaron y se usaban solo como relojes. Muchos motores eran primitivos y para instalarlos se retiraba a menudo el yugo de madera, con lo que el sonido se volvió áspero y dejó de transmitir aquella belleza que fascinaba antaño. Con el tiempo renació el interés por recuperar las tradiciones y, con el apoyo de la Unión Europea, gentes de todas las edades crearon grupos de campaneros que estudian escrupulosamente el patrimonio conservado. En la última década se ha hecho mucho: se restauraron campanas y salas de campanas y se crearon programas informáticos que devolvieron musicalidad al toque.

Los campaneros lograron además el derecho a tocar a mano, a participar como profesionales en las fiestas de sus ciudades y pueblos, regalando a la gente los verdaderos matices del toque de campanas. Hoy, cientos de curiosos piden visitas guiadas para conocer los detalles de esta historia asombrosa de miles de campanarios y campanas que encantan el alma.

Para terminar, una historia. Los fundidores de campanas eran gente muy supersticiosa, porque lograr una campana de sonido hermoso era dificilísimo. Si algo salía mal, decían que les habían echado mal de ojo. Para evitarlo, los fundidores inventaban historias y patrañas durante la fundición y las difundían por todas partes para distraer a los envidiosos y engañar al maligno. Así nació, en ruso, el verbo «zalivat» — trolear, contar cuentos — que usamos al pillar a alguien mintiendo, sin sospechar que nació en los albores del arte de fundir campanas.