Cuando llegamos al pie de El Miguelete, siempre levanto la cabeza contigo: esta torre campanario octogonal y gótica de unos 51 metros ha marcado el latido de Valencia durante siglos. Te propongo un pequeño reto que merece cada esfuerzo.
Subimos despacio los 207 escalones de la escalera de caracol, sintiendo cómo la piedra fría gira y gira, y de pronto salimos a la azotea. Ahí arriba, con el viento en la cara, la ciudad vieja se despliega en 360°: los tejados de terracota, las cúpulas azules, el mar al fondo.
Es mi rincón favorito para empezar a contarte Valencia desde lo alto. Sube conmigo y deja que la ciudad se presente ante ti.
Historia y arquitectura
El Miguelete no nació con ese nombre. Durante muchos siglos se le llamó «Campanar Nou» (Campanario Nuevo) o «Campanar de la Catedral», para distinguirlo del «Campanar Vell», una torre cuadrada de factura románica que estaba en la calle de la Barchilla y de la que solo quedan unos restos de muro, que se pueden ver en el Museo de la Catedral. Andreu Juliá empezó a levantar la torre nueva en 1381; después de él la dirigieron Josep Franch y Pere Balaguer. En 1425 ya estaba terminada hasta la terraza.
Al principio era una torre exenta, separada de la catedral, y se unió a ella a finales del siglo XV, cuando se prolongó la nave central. Poco a poco el nombre fue cambiando a «Torre del Micalet», por la gran campana de las horas, que acabó dando nombre a todo el conjunto. Es de estilo gótico valenciano, y está protegida dentro del expediente de Bien de Interés Cultural de la catedral, declarado en 1931.
La planta es octogonal y su perímetro es igual a su altura: 50,85 metros. El exterior es sobrio, con contrafuertes prismáticos en las aristas y finas molduras que marcan los pisos, y se entra por una portada angular con arquivoltas. Se pensó coronarla con una aguja diseñada por Antoni Dalmau, pero nunca se hizo; la espadaña actual se añadió entre 1660 y 1736. Con los siglos también sirvió de torre de vigilancia para avisar de peligros, de referencia para la navegación y de escenario de fuegos artificiales, que llegaron a provocar algún incendio en la terraza.
Qué mirar
La subida. Son 207 escalones por una escalera de caracol estrecha, y por el camino la torre te enseña sus entrañas. El primer cuerpo es macizo y solo deja el hueco helicoidal de la escalera. En el segundo hay una sala abovedada, la antigua «Presó» o asilo de la catedral, con una sola ventana; el tercero es la «Casa del Campaner», la casa del campanero, parecida pero más grande y con dos ventanas.
La sala de campanas. Arriba se abren ocho ventanales; siete están ocupados por campanas y el octavo es el de la escalera, que desde ahí se vuelve aún más estrecha. Son once campanas, desde la construcción de la torre; en la Edad Media se hablaba de «els cinc senys i les sis morlanes», es decir, cinco grandes y seis tiples. La más antigua es la Caterina, de 1305, hasta ahora la más antigua en uso de toda la Corona de Aragón; la más nueva es la Violant, de 1735. Las dos mayores de la sala, la Jaume (1429) y la Maria (1544), pesan 1.750 y 1.765 kilos.
El Micalet. En la espadaña cuelgan las dos campanas del reloj: la «dels Quarts», de 1736, y el Micalet, de 1539, que solo toca las horas. Con 7.514 kilos es la mayor campana en uso de la antigua Corona de Aragón, y le debe el nombre a toda la torre. Los campaneros del Gremi de Campaners siguen tocándolas a mano; solo unas pocas están automatizadas.
La terraza y su barandilla. Desde el mirador se ve la ciudad en 360 grados. La torre tuvo una elegante crestería calada, el «apitrador», que le servía de corona; la arrasaron en el siglo XVIII y la sustituyeron primero por una barandilla de madera y en el siglo XIX por una metálica. La de piedra que ves hoy es de la restauración de 1983 y se parece a la primitiva.